El 18 de enero y 1 de febrero de 1857 se publican en el Semanario Pintoresco Español dos artículos de Pedro de Madrazo, el primero con el subtítulo de Los hijos del Yermo y el segundo con el de La Dehesa de Córdoba la Vieja, en los que relata una excursión realizada el 27 de mayo de 1853 a las Ermitas y a Córdoba la Vieja.
Pedro de Madrazo y Kuntz (Roma, 11 de octubre de 1816-Madrid, 20 de agosto de 1898) fue un pintor, escritor, jurista, traductor, académico, periodista y crítico de arte español, miembro de una ilustre familia de pintores y estetas. Sus conocimientos amplios en materia de expresión artística y su curiosidad literaria y arqueológica le llevaron a analizar e interpretar los restos localizados en la dehesa de Córdoba la Vieja y a partir de la excursión que reproducimos solicitó al Gobierno realizar una exploración arqueológica, que se llevó a cabo en la segunda quincena de mayo de 1854, aunque se paralizó pronto; no sería hasta principios del siglo XX cuando se reanudarían las excavaciones, de la mano de Ricardo Velázquez Bosco.
Sus impresiones no solo sobre la sierra y sobre la dehesa de Córdoba la Vieja, sino sobre Córdoba y su provincia, las recogió en el libro “Recuerdos y bellezas de España. Córdoba”, publicado en 1855.
En el primero de estos dos artículos, Los hijos del Yermo (Semanario Pintoresco Español, año XXII, 18 de enero de 1857, páginas 21-24), relata la subida a las Ermitas, por el camino de la Arrizafa, cuyo objeto, nos dice, es “habernos propuesto sencillamente la satisfacción de una curiosidad común a todos los viajeros aficionados a la historia”. Son cinco los excursionistas, todos españoles, “y por consiguiente en todo discordes”. No cita sus nombres, solo su procedencia, dos catalanes, aunque uno de ellos ya afincado en Andalucía, dos cordobeses, uno de ellos mozo y el otro literato, y el propio autor. Describe a continuación la sierra cordobesa: “muy indolente aparece en verdad la arruinada y adormecida sultana desperdiciando la pródiga naturaleza que tan generosamente se le brinda; mas no por eso se cansa esa privilegiada tierra de favorecer a los modernos y degenerados cordobeses con los tesoros, hoy intactos, de su fertilidad prodigiosa. Además de los olivares, naranjales, higuerales, granados, cidras damasquinas y moreras de que se cubren sus laderas aun negligentemente labradas, produce la Sierra, sin que intervenga la mano del hombre, arrayanes, lentiscos, algarrobos, almezos de dulcísimo fruto, pinos, avellanos, castaños y acebuches.
Fórmanse naturalmente muchos colmenares en las concavidades de sus peñas; el áspero jabalí, el tímido gamo, el ciervo corredor, el conejo cauteloso, la pintada perdiz, el zorzal viajador, el tordo y el estornino, amigos de los cañaverales, estimulan al cazador a sus gratas fatigas; y los criaderos de plata, oro, cobre, azogue y carbón de piedra que recelan las entrañas de sus montes, debieran servir de incentivo a la actividad del minero codicioso…”. Para el autor el antiguo esplendor y riqueza de esta Sierra se ha ido perdiendo: “los hombres se empeñaron en empobrecer esa tierra y la naturaleza recobró sus fuerzas al verse abandonada: borró con sus espontáneos y silvestres productos toda huella de humano cultivo, y trocó en breve las que habían sido florecientes granjas y heredades de romanos, moros y cristianos, en enmarañadas y peligrosas selvas, solo accesibles a dañinas alimañas. Todavía su peculiar generosidad se demuestra espontáneamente bajo el risueño imperio de la alegre flora de mayo y junio, contrastando con los horrores de la vida salvaje y desordenada, y el viajero artista y el científico encuentran goces inefables en aquel inmenso y variado invernadero natural, donde hay flores de todos colores que, como tazas perfumadas de rubí, de amatista y de topacio, se llenan con el oro líquido del sol meridional y evaporan su fragancia embriagando los sentidos. El botánico halla preciosas plantas tropicales que los mismos hijos del país desconocen, y el paisista ve descollar sobre el terreno, tapizado de helecho, retama, romero, jara en flor, cantueso, alhucema, tamariz y tomillo, el laurel, el enebro, el madroño, la ladierna, la adelfa, el acebuche, la encina, la coscoja, el chaparro, el arrayán, el alcornoque, el ojaranzo, el lentisco, el higo chumbo y la elegante pita.” Suben a las Ermitas por el camino de la Arrizafa, hoy fonda desierta y cerrada. “Al cabo de dos horas de subida, durante las cuales los dos calmosos individuos de la raza asnal nos forzaron a hacer paradas intempestivas, que aprovechamos gozando deliciosos puntos de vista, llegamos felizmente al tope del cerro designado como primer objeto de nuestra expedición”. Describe las vistas que se contemplan desde el mirador de las Ermitas, la quinta de la Albaida, antiguo Castillo Blanco, el castillo de Almodóvar, la Ruzafa, en lontananza las últimas cumbres de las sierras de Ronda y de Granada, al frente la extensa, llana y verde campiña… Tras describir la vida monástica de los diez y siete ermitaños, bajaron al Castillo de la Albaida, donde les improvisaron un excelente almuerzo y desde allí “vimos en la sombría montaña que sirve de fondo al castillo las ruinas del célebre monasterio Peñamelariense; vimos la torre de las siete esquinas, el rodadero de los lobos, otros sitios igualmente significativos en la historia de la edad media cordubense; y por fin nos dirigimos hacia el solitario convento de San Jerónimo, a cuyo pie nos esperaba una sorpresa arqueológica de no escasa importancia”.
Y la continuación de la excursión se publicó en el semanario el 1 de febrero, páginas 34-36, con el subtítulo La Dehesa de Córdoba la Vieja. En su libro publicado en 1855, en el que dedicó uno de sus seis capítulos, el quinto, a Medina Azahara, definitivamente identificó, con argumentos documentales y arqueológicos, los restos de Córdoba la Vieja con Medina Azahara (para mayor detalle sobre la identificación de los restos de la ciudad califal se puede consultar el capítulo 4.6 del libro de Juan Bautista Carpio Dueñas y Martín Torres Márquez “Evolución histórica del territorio de Madinat al-Zahra 1236-2009)”.
Esta excursión debió ser el primer contacto que Pedro de Madrazo tuvo con los restos arqueológicos de Medina Azahara, la tarde del viernes, 27 de mayo de 1853. Desde el Castillo de la Albaida se dirigieron al monasterio de San Jerónimo -ya solo cuatro de los cinco excursionistas que habían iniciado la marcha, ya que “el catalán chiquito y gordo se dio por satisfecho después de almorzar en la Albaida y se volvió solo a Córdoba caballero en su jumento”-, descansando “en las encantadoras y embalsamadas umbrías de Vallermoso y Valparaíso”. El deseo de reconocer las ruinas que había en la dehesa de Córdoba la Vieja les lleva a permanecer poco tiempo en el monasterio y “a la media hora de bajada nos encontramos hollando el terreno apetecido”. Se describen los restos que se encuentran, “en que fácilmente se hallan trozos de piedras bellamente labradas, lastras de mármol rotas y otros objetos, con solo remover la masa pulverulenta que cubre la yerba”. Pedro de Madrazo se impresiona pensando que “el terreno que estaba pisando era el mismo en que habían tenido lugar las escenas más románticas y novelescas, más grandes e importantes, más memorables e inauditas de que conservan memoria las tradiciones y los anales del califato andaluz”. Los cuatro expedicionarios recogen durante algo menos de una hora una considerable porción de piedras labradas y otros fragmentos, y recorren el campo, miden, hacen conjeturas, toman apuntes… y rendidos se acomodan sobre la verde alfombra de una pradera y sobre un blanco mantel extienden su comida de fiambres, pasteles, frutos y ricos vinos de Jerez y Manzanilla; y durante la comida el autor les refiere a sus acompañantes la historia de la fundación de la maravillosa Medina Azahara. Finaliza el autor con estas palabras: “Sería tarea interminable el referir una por una las bellezas que el arte y la naturaleza de consuno aglomeraron en el delicioso recinto de Azahara, en ese mismo recinto descarnado y desnudo que hoy sirve de pasto a las toradas del Marqués de Guadalcázar, y donde el día 27 de mayo del año 1853 cuatro amigos curiosos, sin más testigos que un burrero, tres caballos, dos jumentos y los pájaros y animaluchos de la comarca, alucinados por una falsa esperanza, de esas que no se realizan jamás en los países que vejetan en el fango del positivismo, brindábamos entusiasmados a la restauración de la reaparecida perla de la civilización arábigo-hispana”.
José Luis Reyes Lorite
